lunes, 16 de julio de 2012

El futuro es nuestro.

En Madrid ruge de nuevo,
como silenciosa,
una nueva nube oscura,
centelleante.
Un manto que cubre las casas,
sombra que aparece en las calles.
En Madrid ruge de nuevo,
tronando,
la fuerza de la tormenta,
la tromba de agua
que arrasa con todo
y no deja agujero
ni escondrijo
en el que no empaparse.

En esta burbuja grisácea
parece que el tiempo se para.
Los años se tocan 
como renaciendo juntos,
los ojos pronto se acostumbran
a ver la luz en la oscuridad,
la luz del fuego viciado,
candente y victorioso.
Otra vez la sangre
resalta entre tanta lámpara,
y parece que el destello
vacío y anéstesico
no es capaz de doblegar
un dolor demasiado obvio.

Madrid se ve como es,
oscura, sucia, manchada,
ensangrentada de tanto golpe.
Y ahora que podemos verla,
que podemos besar la historia
compartiremos nuestra sangre
y soportaremos la muerte.
Nuestros ojos no caerán a
la centelleante luz hueca,
horriblemente dramática,
peligrosamente atractiva,
irreal e insuficiente.
De nuevo somos capaces
de reconocer nuestra fuerza
y de creer que aunque
el dolor es muy fuerte
y la tortura continua,
el futuro es nuestro,
porque ya no podemos evitar
sentir todas las figuras
que vagan (como nosotros),
aparentando no verse,
por las calles.