En Madrid ruge de nuevo,
como silenciosa,
una nueva nube oscura,
centelleante.
Un manto que cubre las
casas,
sombra que aparece en las
calles.
En Madrid ruge de nuevo,
tronando,
la fuerza de la tormenta,
la tromba de agua
que arrasa con todo
y no deja agujero
ni escondrijo
en el que no empaparse.
En esta burbuja grisácea
parece que el tiempo se
para.
Los años se tocan
como
renaciendo juntos,
los ojos pronto se
acostumbran
a ver la luz en la
oscuridad,
la luz del fuego viciado,
candente y victorioso.
Otra vez la sangre
resalta entre tanta
lámpara,
y parece que el destello
vacío y anéstesico
no es capaz de doblegar
un dolor demasiado obvio.
Madrid se ve como es,
oscura, sucia, manchada,
ensangrentada de tanto
golpe.
Y ahora que podemos verla,
que podemos besar la
historia
compartiremos nuestra
sangre
y soportaremos la muerte.
Nuestros ojos no caerán a
la centelleante luz hueca,
horriblemente dramática,
peligrosamente atractiva,
irreal e insuficiente.
De nuevo somos capaces
de reconocer nuestra
fuerza
y de creer que aunque
el dolor es muy fuerte
y la tortura continua,
el futuro es nuestro,
porque ya no podemos
evitar
sentir todas las figuras
que vagan (como nosotros),
aparentando no verse,
por las calles.
